martes, 30 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- CORAZÓN ROTO.- Capítulo Séptimo.- Segunda Parte.-



                              
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Cuando volví, otra vez a llorar y llorar. Nada me importaba. Nada me interesaba, tan sólo quería que llegara la noche para esconder mis lágrimas. A veces hasta me regodeaba en mi dolor recordando cuando me quería. Me encantaba revivir cada detalle de su amor y me sonreía para mis adentros, pero al momento siguiente lo adiaba y lo maldecía. Era pura morbosidad llenita de pasión. No sé si era masoquista o no, pero me deleitaba en mi propio sufrimiento. Pasaba de la sonrisa al llanto lo mismo que del odio al amor. ¿Por qué me había abandonado? ¿Por qué, por qué...? ¡Lo odiaba! Tenía sentimientos encontrados, todos contradictorios y extraños. Brotaban de mi alma con la fuerza que da la rabia apasionada, y que yo no sabía dominar, ni controlar. Yo era el bicho más malo del mundo. Una serpiente venenosa. Estaba endemoniada y le deseaba el mal. Todo el mal posible. Que la mujer lo dejara por otro, que lo pillara una moto, en fin, muchas cosas malas, que inmediatamente después me arrepentía santiguándome tres veces seguidas, y rezando un padre nuestro y dos ave María. Siempre he tenido esa dichosa costumbre de santiguarme cuando tenía un mal pensamiento. Debe ser que mis padres eran muy, pero que muy devotos cristianos, apostólicos, católicos y romanos, y desde que tengo uso de razón, me inculcaron eso, incluso, rezar todas las noches una oración, cosa que he hecho a lo largo de mi existencia, más bien por rutina que por devoción. Si alguna noche se me olvidaba rezar, me despertaba de madrugada y automáticamente susurraba entre dientes: “Ángel de mi Guarda, dulce compañían no me desampares ni de noche ni de día… Padre nuestro que estás en lo cielos, santificado sea tu nombre… Dios te salve María llena eres de gracia…” Y no sé por qué, pues nunca me ha ayudado ni Dios, ni todos los santos juntos. Ni la virgen María, ni los ángeles del cielo, esos que dicen que son tan buenos. Todo lo contrario, ya que mi vida ha sido desastrosamente amarga, pero mira por donde, ahora, en éste momento tan ingrato para mí, rezar un par de oraciones me viene de perla, ya que me reconforta pensando que yo no elegí la vida que me tocó vivir. En cambio ahora que estoy pendiente de un hilo, voy trampeando con la muerte expresando todos mis sentimientos, y hasta pienso elegir el momento para expirar mi último aliento…
Otras veces sentía lástima de mi misma y pensaba que era la persona más desdichada del mundo, y no atendía a razones. Mi madre estaba continuamente diciéndome que ningún hombre merecía las lágrimas de una mujer. Estas palabras me ponían frenética y me entraba una rabia grandísima, y la maldecía desde lo más hondo de mi corazón, por no comprender mi pena. Pensaba que ella ya no estaba enamorada y que le daba igual, acusándola de mala madre, egoísta y de pocos sentimientos. Después la dejaba con la palabra en la boca mofándome e imitando de malos modos sus gestos, y me encerraba en mi cuarto dando un portazo con la puerta. Más tarde recapacitaba un poco y sin decir nada la ayudaba en la cena pelando más de dos kilos de patatas, mientras ella batía los huevos...
El tiempo pasaba por mí endureciendo mi rostro, mi alma. Mi adolescencia se cubrió de hielo. Mis ojos ya no miraban como una niña enamorada. Entre unas cosas y otras fue pasando los días y sin darme cuenta empecé a adaptarme poco a poco a mi nuevo estado de compuesta y sin novio, y cuando llegó la primavera, comencé a salir con las chicas del vecindario a pasear por el puerto, a oír misa todos los domingos y fiestas de guardar y por supuesto al cine. Los sábados por la noche, como siempre, a la hípica donde todos los jóvenes oficiales se turnaban por bailar conmigo.


A TRAVÉS DE TI.- CORAZÓN ROTO.- Capítulo Séptimo.- Primera parte.-




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Me morí, me morí, me morí… Me sentía muy desgraciada, la más desgraciada del mundo en ese momento de mi vida. Me abandonó por ella, por su antigua novia, y yo que me había hecho tantas ilusiones, ¡qué ilusa fui! No me lo podía creer. Me destrozó el corazón rompiéndolo en mil pedazos, y sin comprender nada me lié a llorar como una tonta. No sabía hacer otra cosa que llorar. Me dolía tanto el alma, sentía tanta amargura que el llanto era mi mejor consuelo, mi desahogo, y fue tan grande mi desconsuelo, que no podía ni salir a la calle. No quería que nadie me viera llorar. Me daba mucha vergüenza, y menos demostrar tanta pena a mis padres. Tampoco a las vecinas por que pensaba que se vanagloriaban al verme tan triste y aunque procuraba siempre aparentar una alegría desmedida, llevaba el dolor escrito en la frente. Para mí, era un auténtico calvario y una proeza cada vez que estaba con alguien, que me sentaba a la mesa a comer o cuando me acostaba. Tener que aguantar tantísimas ganas de llorar, reprimir un simple suspiro, un gemido. Creo que fue el peor año de mi vida, encerrada en casa y derramando lágrimas en la almohada. Me sentía la persona más desgraciada del mundo. Nada tenía sentido para mí. No le encontraba explicación, cómo podía olvidar aquellos besos de amor, esos que nos dábamos con tanta pasión. Me parecía imposible y una frivolidad. No entraba en mi cabeza. Yo que lo amaba tanto y aún estaban frescos sus abrazos. Podía sentir sus manos en mis hombros y sus labios en mi cuello y además todas esas palabras tan bonitas... hasta su respiración junto a mis oídos. ¿Cómo se puede olvidar tan pronto? ¿Acaso yo era tonta y estúpida en aquellos momentos? ¿Qué pasa con los sentimientos? ¡Jaime, vida mía! ¿Por qué has hecho esto conmigo? ¡Cuántas preguntas sin respuesta! ¿Por qué me ha ocurrido a mí esto? ¿Por qué me has engañado si yo no te he hecho nada? Si yo te quería tanto... ¿por qué, por qué, por qué…? ¡Maldita carta! ¡Carta asquerosa! ¡Mentira, todo es mentira! ¡te odio! ¡te odio! te odio...!
Tenía tan roto el corazón, que no quería saber nada de nadie. Había perdido el apetito. Sólo quería morirme. Adelgacé tanto que mis padres me llevaron al médico. Tenía anemia, y me enviaron a casa de unos primos lejanos de mi padre que vivían en un aldea pequeñísima, con cuatro calles, unas cuantas casas y una plaza. Enfrente la iglesia se alzaba rodeada de unos bancos donde la mayoría que se sentaban, eran ancianos. Una callejuela estrecha y muy larga se perdía entre un par de huertas y algunas montañas que se divisaban a lo lejos, y en medio de ellas un gran río, se retorcía entre montes y cañaverales, ensanchándose por partes y achicándose por caminos pedregosos y llenitos de árboles.
Tenía el primo de mi padre una tienda de ultramarinos, justo debajo de su casa, y arriba, en el desván un melonar, donde todos los días me comía casi uno melón entero de lo rico y bueno que estaba. Eran unos melones muy pequeñitos, pero volví a mi casa con unos kilos de más.
La hija del primo lejano de mi padre tenía una pandilla de jóvenes más o menos de mi edad, que la única diversión que tenían era el baile de los domingos y los baños en el río. Todas las mañanas venían a buscarnos y nos bañábamos en un sitio estratégico, donde no había peligro, ya que el río es muy traicionero y sólo el que lo conoce bien sabe por dónde hay que meterse. Nos sentábamos en una roca, de la cual, haciendo alarde de mi estilo nadando, me tiraba de cabeza dejándolos a todos con la boca abierta, cosa que me encantaba. Era algo momentáneo. Cuando atardecía, ya estaba deseando volver a casa, y sobre todo a mi tierra, pues esa aldea era de lo más aburrida que yo había conocido hasta entonces, además hacía un calor horroroso. Asfixiante. Acostumbrada como estaba al aire fresco de Ceuta, el cambio fue radical, aparte de que era el mes de agosto. Pensaba que poniendo tierra y mar por medio me olvidaría de Jaime. Por eso accedí a los deseos de mis padres, además me atraía mucho la idea de atravesar el Estrecho de Gibraltar, ya que nunca había viajado ni en barco ni en tren. Me equivoqué. Más ganas tenía de volver.

domingo, 28 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- JAIME.- Capítulo Sexto.- Segunda Parte.-



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Todo era del color de rosa para mí, pero una tarde de setiembre, Jaime vino cabizbajo. Yo no sabía qué pasaba, pero tenía un mal presentimiento.- ¡Por favor! ¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa? ¡Dímelo, por Dios!- Con lágrimas en los ojos, me dijo que su padre había ascendido y lo habían destinado a Barcelona, a su ciudad natal. Me quedé sin poder articular palabra. Rompí a llorar. Después llegó Julia, mi amiga Julia, la única amiga que he tenido de verdad. También se echó a llorar, luego a reír. Un llanto mezclado con una nerviosa risa  temblorosa y espasmódica. Nos abrazamos llorando sin parar. Pasamos unos días llenos de angustia, y aunque hacíamos todo lo posible por no hablar del tema, cuando me llevaba a casa, me acostaba sin cenar. Mi madre me miraba y no decía nada…
El día de la despedida fue el peor de mi vida. Todos llorando en el puerto, y cuando el Correo Virgen de África atracó, me dio un vuelco el corazón, que casi me caigo de pena. Jaime me abrazaba prometiéndome que volvería a por mí. Que lo esperara. Que no saliera con otro chico. Julia animándome, que no me preocupara de nada, que me escribiría muchas cartas contándome todas sus cosas.- ¡Adiós, adiós!- Allí me quedé sola agitando un pañuelo blanco para que me vieran desde lejos. Allí me quedé rota por dentro hasta que el morro del barco dio la vuelta tras el espigón, perdiéndose de vista, dejándome sola y sin su amor. Me quedé triste y vacía…
Al principio, sus cartas eran a diario, incluso me llamaba por teléfono a casa del señor Manuel, el de la tienda de ultramarinos de al lado. Luego una a la semana, más tarde al mes, hasta que un día Monserrat, su antigua novia, la que un día él me dijo que eran solamente amigos, me escribió una carta tan maligna que todavía me duele al recordarla. Entre líneas pude leer, que cuando volvió a verla tan bella y tan guapa y el cambio tan maravilloso que había dado, su amor volvió a resurgir, apartándolo por completo de mí. Me dejó para siempre, plantada como una maceta. Ni siquiera me dijo adiós, ni hubo una explicación, nada, como si yo no hubiera existido nunca. Y ahí pasé de la pena al olvido, volviéndome loca de sufrimiento, de llanto y desengaño, apoderándose el dolor de mi corazón. Al mes recibí una carta de Julia en la que me contaba toda la verdad de lo sucedido:   
“Querida Trini, espero que te encuentres bien al lado de los tuyos. Mi hermano esta muy arrepentido de todo el dolor que te ha causado. Las cosas surgieron así, pero sin ánimo de hacerte daño. Lo que pasó realmente es que cuando le contó a Monserrat lo vuestro, ésta le dijo que bueno, que vale, pero que podrían seguir como amigos. El caso es que, donde hubo fuego, quedan rescoldos, y eso es lo que pasó de verdad. Un sábado por la noche se fueron a bailar con la pandilla, bebieron más de la cuenta y una cosa llevó a otra, y al cabo de tres meses tuvo que decirle a Jaime, que esperaba un hijo suyo y que no sabía qué hacer.
Mi hermano como es tan caballero, ha tenido que tragar, pero que realmente de quien está enamorado es de ti. Me ha pedido que por favor te lo diga. El pobre esta muy arrepentido, créeme Trini, no te lo puedes imaginar. No sabes cómo anda por la calle, y aunque disimula todo lo que puede, pero yo que soy su hermana y lo conozco bien, sé que por dentro está que se muere de pena. Me ha pedido que te lo cuente todo y que lo perdones, pero es que no sabe qué hacer. Tampoco quiere hacer daño a Monserrat, ya que se conocen desde niños. Sus padres y los míos son amigos de toda la vida, y además no la quiere dejar tirada en la calle. Tú sabes bien lo mala que es la gente y sería la comidilla del bloque, sobre todo entre los oficiales, que no pararían de criticarla. Figúrate, una madre soltera, ¿quién la iba a querer? Y menos con un niño de otro hombre. Espero que lo entiendas. Por favor Trini, por la amistad que nos une, perdónalo que el pobrecillo está fatal y a mí me da mucha pena verlo así. Me ha dicho también que tú eres la mujer de su vida y que siempre te llevará en el corazón, pero que las circunstancias lo obligan a tomar esa decisión. Un beso muy grande de tu amiga del alma.”
                                      Julia.
Cuando terminé de leer la carta me eché en la cama y lloré hasta que me quedé sin lágrimas. Quería perdonarlo, pero en ese momento sólo sentía odio. Un odio infinito, tan grande, que todo lo que me contaba Julia, me entraba por un oído y me salía por el otro. ¡Mentiras, mentira, mentira! Rompí la carta en mil pedazos, odiándola a ella y a su hermano. Me habían roto el corazón…


A TRAVÉS DE TI.- JAIME.- Capítulo Sexto .- Primera Parte.-



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Cuando Jaime se declaró me convertí en la mujer más feliz del mundo. Me pidió ser su novia formal, y aunque estoy segura de que a mis padres les habría caído bien, no se lo dijimos ni a los suyos ni a los mío. Tan sólo lo sabía Julia, que pasó una buena temporadita de carabina con nosotros. Íbamos a todas partes juntos para no levantar sospechas. Más tarde se nos unió Esteban, un muchacho de la pandilla que a ella le hacía mucho tilín, ¡menos mal! Porque últimamente coqueteaba con todos.
Pasamos el mejor veraneo de nuestra juventud. Para mí, único, y ahora, en éste momento de incertidumbre, lo vuelvo a revivir llenándome de alegría y paz.
Nunca podré olvidar aquellos chapuzones en la playa, y menos el primer día que me vio en bañador. A mi me daba tanta vergüenza de quitarme el vestido que esperé hasta última hora, muertita de calor. Julia, que era tan descarada para todo, enseguida se desprendió del suyo y salió corriendo hasta la orilla, y de un salto se lanzó a la primera ola. Al rato salió con los brazos hacia arriba loquita de contenta, diciendo que el agua estaba buenísima. En un descuido de Jaime, me quité el vestido, pidiendo a todos los santos del mundo que le gustara. Cuando éste giró la cabeza, me miró boquiabierto y con un silbido, me lo dijo todo. Al momento me fui al agua, estaba asada. Jaime me siguió, y empezó a nadar junto a mí. Cuando me rozaba alguna parte del cuerpo, o cuando me agarraba por la cintura para tirarme al agua, yo sentía una mezcla de emociones que no sabría ni definir, pero que en estos momentos de mi poca vida, o mucha muerte, es lo que me hace vibrar de alegría. Esos roces me volvían loquita perdida. También andando por la calle, cuando no pasaba nadie, me cogía de la mano. Pero lo mejor era cuando nos sentábamos de noche en los bancos de los jardines. Jaime me besaba en la boca y yo le correspondía. Fueron mis primeros besos, los más ardientes y apasionados de mi vida. Y cuando me despedía en el portal de mi casa, nos abrazábamos como si fuera la última vez, pegados como lapas. Eran besos interminables. A veces me dejaba unas señales  en el cuello, que después tenía que taparme con el pelo para que mis padres no las vieran.
Los domingos en el cine nos sentábamos en la última fila si había sitio, porque la mayoría estaban ocupados por parejas de novios, como nosotros. Aquello era pura pasión, y las manos por todas partes del cuerpo. Nos dábamos unos lotes enormes, aunque nunca llegábamos a más, por que yo estaba educada de manera que una tenía que llegar al altar virgen. Algunas veces Jaime se enfadaba conmigo por que decía que no ponía ningún interés en buscar un lugar para acostarse conmigo, llegando incluso a decirme que me iba a dejar, por que según él, era un hombre y los hombres necesitaban deshogarse. A mí estas cosas me daban mucha vergüenza, pues aunque hoy en día es lo más natural del mundo, en la época que yo vivía, las mujeres éramos así de recatadas. Una podía hacer de todo, menos entregar su más preciado tesoro. Eso estaba guardado para la noche de bodas, además, nosotras las chicas hablábamos poco, y de ese tema con muchísima cautela. Las más atrevidas, decían que eso dolía muchísimo, o sea, una barbaridad, y tenía un miedo horroroso, sobre todo, porque según ellas, se sangraba mucho, no por que lo hubieran hecho ellas, recalcaban con énfasis, si no por que se decía por ahí... Así, que verdaderamente tenía miedo. Cuando le comentaba esto a Julia, me decía que no le hiciera caso a ninguna, que eran unas envidiosas de que ningún chico las mirara de gordas y feas, y que si en vez de yo, fuera ella, otro gallo cantaría, por que estaba deseando de hacer el amor. Que yo era una tonta por desperdiciar una oportunidad maravillosa, ya que pensaba que el amor es lo más bello del mundo y que cuando una está enamorada no hay nada mejor y placentero en el mundo que hacer el amor con tu hombre. Y es que Julia era la leche, ¡Jesús! Esta expresión, de verdad, de verdad que se ha cruzado con mi aliento. Seguro que la acaba de soltar el chico que acaban de entrar en camilla, por que acaban de decir por el altavoz que despejaran los pasillos, por que el pobre motorista había saltado por los aires al chocar contra un camión, y mira por donde no llevaba el casco puesto...
Cuando Jaime se enteró por Julia lo de mis miedos, me dijo que no me preocupara de nada, y que cuando estuviera preparada, tendría mucho cuidado. Al principio me enfadé con ella por contarle nuestras confidencias a su hermano, pero luego me convenció diciéndome, que tenían mucha confianza y que eso no tenía importancia para ellos. Julia era muy natural en todo. Yo francamente, estaba deseando de hacer el amor, ¡tenía una curiosidad imperiosa! y como estaba completamente enamorada y ciega de amor, una tarde cualquiera de ese mismo año, que sus padres y su hermano Luis no estaban en casa, nos metimos en la cama, mientras Julia vigilaba por la ventana.
A partir de aquél día, aprovechábamos cualquier lugar para tener una relación sexual, y si no podíamos, él se molestaba y discutíamos cada dos por tres, estando casi toda la tarde sin hablarnos. ¡Cuántas caminatas sin rechistar! Aún puedo recordarlo, y rememorando aquellos paseos interminables, siento ese gusanillo del amor cosquilleándome todos los sentidos de mi vida carnal, revitalizando hasta éste último aliento del sin vivir que padezco.
Al cabo de un año, Jaime le pidió permiso a mi padre para poder entrar en casa, lo cual nos vino bien a todo el mundo por que así ya no tendría que vernos más a escondida, pero lo primero que me dijo mi madre es que no se me ocurriera venir con una barriga, y que tenía que casarme de blanco, si no la gente me criticaría mucho y estaríamos en boca de todos, dejándolos en muy mal lugar, tanto a ellos como a sus padres. Mi madre, la pobre, se creía que yo seguía siendo virgen, bueno, eso era la impresión que a mí me daba, porque ahora me doy cuenta de que seguramente es que se hacía la loca, como todas hacemos...
Estuvimos dos años de novios formales, y en ese transcurso de tiempo pasamos de los celos al enfado, de las discusiones a los abrazos. De los días encerrada en casa llorando como una magdalena, a los que te quiero y que te amo. Que no puedo vivir sin ti y perdóname vida mía. A los bailes al aire libre de noche y con orquesta, al cine y a las verbenas de los barrios con lucecitas de colores y el Dúo Dinámico.

viernes, 26 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- BAILE DE SALÓN.- Capítulo Quinto - Tercera Parte -



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Cuando llegué a casa, me acosté rápidamente y estuve toda la santa noche repasando cada momento vivido junto a él. Mi corazón no paraba de latir, y con cada latido volvía a revivir segundo por segundo. Sus manos en mi cintura. Su mirada. Sus labios junto a mi oreja y sus palabras susurrante, pero sobre todo, de cómo se pegaba su cuerpo al mío. Luego me vino a la mente la conversación que mantuvimos, y ni siquiera me acordaba de lo que yo le había contestado, así que tuve que empezar de nuevo, de tal manera, que empezó a dolerme la cabeza de tanto pensar. Cuando se me cerraron los ojos de agotamiento, de repente me acordé de mis palabras, y empecé a recriminarme de lo tonta que me había puesto flirteando con él, y al final me sentí hasta ridícula. Menos mal que antes de amanecer me quedé completamente dormida, y cuando desperté, Jaime, Jaime, fue lo primerito que recordé.
Me levanté nerviosa. Me lavé la cara y me miré en el espejo. Estaba muy fea. Tenía ojeras, la nariz hinchada y el pelo llenito de grasa. Me vino el periodo, y me aseé como las gatas, ya que, según mi madre y todas las madres de aquella época, cuando una tenía la regla no podía mojarse ni un pelo, así que me tiraba cuatro días sin lavarme nada, tan sólo eso que ya os podréis imaginar. Tenía tanto miedo en mojarme algún miembro del cuerpo, que cuando por casualidad me caía agua en un pie, me sentía mareada, ¡cuántas veces se oía por ahí, que tal chica se había muerto por lavarse la cabeza! En fin, no sabía qué ponerme para oír misa de doce, y para colmo, se me enganchó una uña en las medias y las resquebrajé, desde la parte de la liga hasta el talón del pié. Como era domingo, la señora que las arreglaba tenía la casa cerrada, así que cogí un vaso, una aguja de coser y me tiré más de dos horas, tacatá, tacatá, hasta que apenas se notaba, y antes de darme cuenta llamaron a la puerta. Era mi amiga Julia y su hermano Jaime. Me puse colorada como un tomate. Ni me atrevía a mirarle. Él en cambio no paró de sonreírme, de pegarse a mi lado y casi, casi quería cogerme la mano. Julia estaba que no sabía ni qué pensar así que tuve que contarle lo del baile con pelos y señales, porque ni era tonta ni podía mentirle. A esta altura de nuestra amistad, me conocía mejor que nadie. Fue un interrogatorio en toda regla.  Le dije que se me había declarado la noche anterior, y que me había pedido ser su novia formal. Que Monserrat no significaba nada para él, ya que solamente eran amigos desde niños, que yo lo amaba con todo mi corazón, y sin él me moriría. Le pedí que no se lo dijera a nadie, que no se metiera en mi vida, y que me dejara vivir en paz. Colocándome al lado de Jaime, dejé el asunto zanjado.
Según iba caminando, mi corazón daba un sobresalto cuando sus manos rozaban las mías. No sé si lo hacía queriendo o no, pero de vez en cuando me cogía la mano, y entrecruzaba sus dedos con los míos, el caso es que si pasaba una vecina, enseguida me soltaba por temor a que se lo dijeran a mis padres. Todo el mundo se conocía y con tal que te vieran enganchada a uno, ya eran novios formales, y si después se rompía la relación, y salías con otro, era la comidilla del barrio colocándote veinte mil novios, y entonces estaba muy mal visto. No es que yo en aquél momento tuviera premeditado esos pensamientos, si no que eran así y nada más. Aparte de todo esto, es que Jaime era seis años mayor que yo, y se suponía que entre los jóvenes, se emparejaban más o menos de la misma edad. Yo tan sólo era una chiquilla a su lado que nunca había salido de mi tierra. Él en cambio venía de una gran capital muy cosmopolita y mucho más adelantada en todos los aspectos, mires por donde lo mires. Por eso, y por que también la pandilla sabía que tenía una novia esperándolo en Barcelona, tenía tanto miedo, pero cuando se me declaró, caí rendida a sus pies, y nada ni nadie me lo iba a impedir. Cuando llegamos a la iglesia de la virgen de África nos separamos, cada uno por su lado. En aquellos momentos, los hombres se sentaban en el lado izquierdo desde la entrada y las mujeres y niños en las bancas del lado derecho. Los soldados caminaban formando filas y se tiraban la hora entera que duraba la misa de pié sin moverse. Parecían estatuas, los pobres, y en una ocasión, uno cayó al suelo desplomado y tuvieron que sacarle entre cuatro a la calle, mientras el cura impávido, sermoneaba desde el púlpito, dando unos gritos exagerados, con las venas hinchadas, y por mucha atención que le ponía, lo único que hacía era ver dónde estaba Jaime, y cuando nuestras miradas se cruzaron, sonreímos a la par. Me quiere, me quiere, me quiere. Eso era lo que yo sentía y quería. Me quiere, me quiere, soy yo su único amor. Te quiero, te quiero. Mi corazón galopaba y galopaba por Jaime, mi querido Jaime.
            

A TRAVÉS DE TI.- BAILE DE SALÓN.- Capítulo Quinto - Segunda Parte



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A partir de entonces, esperaba con ansiedad los sábados para irnos a bailar al Casino Militar. Lo malo era que yo no podía ir tan bien vestida como las demás chicas, que casi nunca repetían, pero Julia siempre me prestaba sus vestidos, además, lucía cualquier cosa que me ponía. Mi madre siempre me estaba diciendo que era la envidia de todas las hijas de las vecinas por que era la que valía más, y eso me hacía sentirme importante. Cuando tenía menos edad, pensaba que no era tan guapa, y tenía muchísimos complejos. Por eso siempre agradecía a mi pobre madre que me estimulara tanto.
A los quince años, me dio por verme horrorosa en el espejo. Que si culo gordo, que si poco pecho, que si barrigota, que si espalda encorvada, y un montón de cosas más, que si las enumerara estaría toda la vida, por no decir la cantidad de granos que me salieron en la cara. De todas maneras, Julia y yo éramos las que más destacábamos los sábados noches y nunca, nunca, estábamos sentadas esperando que algún muchacho decidiera sacarnos a bailar. En los guateques nos atrevíamos solas, pero aquí, en el salón, eso no era prudente, y ni se nos ocurría. 
Mi primer baile de salón, ¡Dios mío! Todavía lo llevo grabado en mi alma. Primero por el detallito de la dichosa pulsera, y luego, lo más importante para mí, por Jaime. Todas esas sensaciones de verme tan guapa, como me dijo el hermano de Julia.
Jaime, Jaime, me quema la boca al recodarte. Jaime, mi primer amor, mi primer beso, mi primera relación sexual. Jaime mi verdadero amor….Mi querido Jaime...
Yo estaba locamente enamorada de él, pero hasta ahora no se había dado cuenta de que existía. Siempre me había visto como la amiga de su hermana, apenas sabía de mí, y eso que yo sólo vivía para él. Todas las tardes de verano, esperando ir a su casa, sólo por verlo, ¡me importaba un rábano que tuviera novia o no! Tan bello como era ¡Dios mío! Tan guapo, tan alto, tan fino y tan culto. ¿Cómo puede ser el hombre tan presumido y vanidoso, que hasta que no ve lo que puede perder se adelanta a los acontecimientos? No se dio cuenta de mi verdadera existencia hasta que me vio rodeada de los jóvenes. La mayoría hijos de capitanes y coroneles. No cabía en mí de gozo. Estaba entusiasmada ante tantas solicitudes, todos peleando por mí. Por un momento pensé que era la más bella, incluso creo que era la primera vez que aventajaba a Julia. Ella que siempre había sido el centro de atención de todas las miradas, ahora era yo. Apenas podía creérmelo y sonreía para mis adentros. Julia y yo nos miramos cómplice de tanta felicidad compartida.
Toda la noche bailando sin parar al ritmo de la música del momento, y cuando la orquesta tocó un tango, Jaime me sacó a bailar, y yo como si estuviera hipnotizada lo seguí, dejándome llevar por su mirada ardiente, sus ojos hechizantes, sus brazos fuertes, su olor a hombre mayor, seguro, sabiendo bien lo que quiere, acariciándome los hombros y la espalda, después bajando sus manos, sujetándome la cintura, arrimando su cuerpo al mío, mientras sus palabras en mi oído me decía que era la más bonita y preciosa de todas, que le gustaba y que estaba loco por mí. Un millón de mariposas volaron por dentro de mi cuerpo y entonces supe lo que era temblar, respirar mal, y para colmo, la lengua me la comió el gato. Es por eso que ahora les pido perdón a los que antes desdeñé.
Ahora que estoy en otra parte de mi vida o de mi muerte o quizás tal vez ni siquiera sé dónde estoy… Ahora que estoy más allí que aquí, o como se dice normalmente, ahora que estoy con un pié en la tumba, ¡qué horror! Ahora les pido perdón a todos los que antes desprecié. Sé lo fría que he sido con los bajos, los dentones y los inseguros. Con los que tenían los dientes picados y los que se ponían nerviosos. Les pido perdón por haber sido tan cruel, pero en aquel momento no era consciente de lo que sentía. Ahora sí, ahora me doy cuenta de lo superficial que fui. Lo mismo que al recordar el gran amor que sentí por Jaime que antes de aquél momento me ignoraba, y cuando me vio cortejada por los demás muchachos, se fijó en mí.
Antes de despedirnos, me dijo en el oído que lo había pasado muy bien y que al otro día vendría con Julia para oír la misa de doce.



A TRAVÉS DE TI.- BAILE DE SALÓN.- Capítulo Quinto - Primera Parte



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En la hípica se bailaba, sobre todo en verano, ya que era al aire libre, y con orquesta. Casi siempre cantaba una mujer guapísima y rubia platino, acompañada de dos chicos, y cuando aparecía, todos los hombres suspiraban al verla. Nosotras no parábamos de hablar de su pelo, de sus tacones, y del escotazo en forma de uve de su vestido. Cantaba las canciones de Los Cinco Latinos y de Los Tres Sudamericanos que estaban muy de moda.  
El casino militar estaba en el mismo centro de la ciudad y se daba cita la flor y nata de la gente de alto copete, como solía decir mi madre. Las señoras de los oficiales iban vestidas de largo y con todo lujo de detalles, mirándose entre sí, a ver quién iba la mejor arreglada, con más joyas y más guapa. Los maridos, como siempre, de gala, luciendo galones y estrellitas. Todos en coro fanfarroneando copa en mano, exhalando humo y voceando de batallitas pasadas, mientras los más jóvenes apartados y en grupo, riendo y gozando de la alegría de ver tantas chicas guapas y divertidas. Entre ellas, Julia y yo. No paramos en toda la santa noche de bailar. Antes de terminar una balada, ya estaba otro esperando su turno. Yo estaba encantada, por que mi madre me había llevado a la modista para que me hiciera un vestido amarillo precioso de vuelo en forma de capa, al biés, y cuando daba vueltas, parecía una bailarina. Llevaba una torerita con las mangas francesas, y esa noche le pedí a mi madre que me dejara su pulsera de oro, ¡qué contenta estaba! ¡Y qué poquito me duró esa alegría cuando volví a casa sin ella! No sabía cómo decirle que la había perdido. ¡Dios mío la que lió! Al otro día se fue corriendo al casino, preguntando al todo el mundo, casi va a la comisaría, incluso quería hacer una llamada por radio. Revolvió Roma con Santiago. A los veintitrés días, la pulsera apareció. La había encontrado la mora que limpiaba los aseos del casino y se la entregó al conserje. Este llamó enseguida al cuartel y le dijo a mi padre con mucho morro, que la pulsera de su señora esposa había aparecido. Que estaba detrás del lavabo tan bien remetida que no se veía, pero que la mora al agacharse, seguía dando explicaciones pocos convincentes, la había visto de casualidad. Mis padres acudieron enseguida. Nunca supimos si lo de la mora era verdad o que el conserje cuando la encontró se la quiso apropiar, el caso es que todos tan contentos y en paz, sobre todo mi madre, por que esa pulsera la había sacado de muchos apuros, ya que la empeñaba y desempeñaba cada dos por tres, siempre a escondidas de mi padre. La pobre, cuando estaba escasa de dinero, la llevaba a una tienda de empeño que había en el Morro, un barrio muy conocido en Ceuta. En ese barrio había muchísimos comercios, y los que se dedicaban al empeño estaban muy solicitados. Entonces era una práctica muy usada y rara era la familia que más de una vez, no tuviera que recurrir a tal artimaña para seguir adelante. Mis padres, los pobres nunca han estado muy boyantes, y menos cuando mi hermano José se fue a estudiar la carrera de medicina a Salamanca. Entre las idas y venidas, en barco y en tren, a mi padre se le iba un pico, aparte de la compra de los libros que eran muy caros para lo que se ganaba entonces, además como éramos tantos hermanos, peor aún. Lo único que no le costaba el dinero era la estancia y la comida, ya que se tiraba todo el curso en casa de un hermano de mi madre que precisamente era cirujano médico. Es por eso que desde que tengo uso de razón, ella le inculcó a José, que hiciera la carrera de medicina, carrera que nunca acabó, por que según él, se mareaba sólo con ver la sangre. Al final emigró al extranjero. Primero se fue a Alemania, siguiéndole Francia, y precisamente en la capital francesa, París, conoció a la que hoy en día es su mujer, una norteamericana guapísima, que estaba pasando unos días de vacaciones y nada más verlo se enamoró locamente de él. Luego nos contó que para que no se le escapara de las manos, se colocó en una perfumería de lujo, y cuando vino por primera vez, ya casada, me trajo un botecito de perfume pequeñísimo que tan solo con una gotita, olía todo el día. A mis dos hermanas menores les trajo otro. Así que la pobre, cuando necesitaban comprar algún libro, empeñaba la pulsera o el reloj de oro que su padre, mi abuelo materno, le había regalado cuando se casó. También le dio dinero para que se comprara una máquina de coser. El caso es que cuando vio la pulsera dio saltos de alegría. Y ese fue el debut de mi primer baile de salón.

miércoles, 24 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- GUATEQUE.- Capítulo Cuarto.- Segunda Parte.-



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Cuando le comentaba estas cosas a Julia, me contestaba que las escenas de los besos esos tan bonitos, solamente existían en las películas, y que tenía muchos pajaritos en la cabeza. Tenía razón, pero así era yo. ¡Qué equivocada estaba, madre mía! Toda mi vida buscando a mi Príncipe Azul, y todavía lo estoy esperando, bueno ya no, porque ahora me parece que me estoy yendo hacia el otro lado y como no sea aquella luz que hay al final, no sé, pero tengo mucho miedo, porque recuerdo una historia que mi madre siempre me ha contado, y estaba tan convencida de ello que no sé si sería fruto de su imaginación, o del estado de delirio en el que se encontraba. Hace muchos, pero que muchos años, antes de nacer yo, estando embarazada de su segundo hijo, bebió agua en mal estado y cogió el tifus. Le dieron unas fiebres muy altas y abortó a los tres meses. Mi padre dice que era un feto casi hecho y lo metió en una cajita de zapatos y lo enterró en el cementerio de Algeciras. A mi madre se le cayó el pelo y se le llenó la cabeza de pupas con pus y ensangrentadas. Mi padre la curaba todos los días, pero a mi madre no le bajaba la fiebre, cada día se encontraba peor. A la pobre se le iba la vida, de tal manera que hizo llamar a un cura para que la confesara y le diera el Viático. Mi padre, con el rosario en la mano no paraba de llorar, entonces mi madre movió un poco los labios y le dijo que se acercara para decirle: “Me muero, me muero, por que estoy viendo una sábana blanca con el corazón de Jesús en el centro con una luz que me ilumina.” Mi padre para no contradecirla, le dijo que también la veía, ¡cuántas veces me han contado esa historia! Toda la vida de mi madre la sé de memoria. Siempre estaba relatando acontecimientos de su vida anterior, ya fueran tristes o alegres, el caso, es que disfrutaba narrándolos, y yo al escucharla… No sé qué sería lo que vio mi madre, el caso es que a partir de entonces empezó a encontrarse mejor. Sería fabuloso que a mi me ocurriera lo mismo, o al menos que tuviera un buen morir, porque lo que más temo es tener un mal morir, por eso se me ha ocurrido que mientras tanto, entre que me voy o me quedo, he decidido contar mi historia, y aunque estoy segura de que no tiene nada de particular, me viene de maravilla, ya que me entretiene y me olvido de este lugar tan estrafalario… Realmente no sé en qué lugar estoy. A veces creo que estoy en un gran salón de baile, donde casi todo el mundo está tranquilo y como esperando que alguien los saque a bailar o algo parecido. Yo tengo la sensación de estar pululando de flor en flor, igual que una mariposa, medio inconsciente, pero al mismo tiempo me encuentro muy relajada. Además, parece que estoy viendo una película. Si, la película de mi vida, por que algunas escenas parecen como si ya las hubiera vivido… Si, si, me son muy familiares…
En verano solíamos irnos de verbena. Los bailes al aire libre marcaron toda una época llena de alegría y esplendor. Los jóvenes solteros acudían entusiasmados, contagiando a las chicas, que ruborizadas no paraban de reír. Había una muy famosa, por San Juan, donde las grandes  hogueras iluminaban las noches en la orillita del mar, acudiendo todos los ceutíes. Mi padre me dejaba por que José venía conmigo y podía quedarme hasta las tantas de la madrugada. A Julia también la acompañaban sus hermanos. Yo me tiraba toda la santa noche al lado de Jaime por que estaba loquita por él, y cada vez que me rozaba me daba un vuelco el corazón. Cuando se iba a otra parte no paraba de observarle. No podía apartar la mirada de sus ojos, y en una de esas veces, nuestra mirada se encontraron, y se quedó tan fijamente mirándome que me ruboricé tanto que no sabía ni qué pensar, pero estuve el resto de la noche con un cosquilleo en medio del pecho que ahora, su recuerdo me reaviva el corazón de tal manera que aún sigue latiendo…
Después de San Juan, pillé a Jaime más de una vez mirándome fijamente y no apartaba la mirada de mis ojos hasta que yo bajaba la mía. Otras veces me sonreía con mucha ironía. Al cabo de un año empezamos a frecuentar los bailes que todos los sábados por la noche daban en el casino militar en invierno o en la hípica donde tan sólo los oficiales podían entrar, y como su hermano Jaime era mayor de edad, y además su padre era un pez gordo, lo dejaban, así que le pidió a mi padre si me podía acompañar, ¡por supuesto que sí! Allá que nos marchamos los tres. Acababa de cumplir diecisiete años y más feliz que nunca me fui a mi primer baile de salón.         

A TRAVÉS DE TI.- GUATEQUE - Capítulo Cuarto.- Primera parte.-



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Todos los domingos por la tarde, Julia y yo nos íbamos a bailar a casa de alguna vecina. Eran los típicos guateques. Ya no era necesario que fuera solamente en su casa, y además a escondidas de mis padres. Por ese lado había ganado mucho y estaba muy contenta. La fiesta empezaba a las cinco y media y a las nueve de la noche, antes de que ellos volvieran dejábamos todo recogido y limpio para que estuvieran contentos, y nos dejaran el próximo domingo. Casi siempre era por que los padres no estaban. Por entonces, la gente solía visitarse los domingos llevando unos pastelitos para tomar con café. Después se dedicaban a jugar al bingo o a las briscas hasta que volvían.
La mayoría de los jóvenes del barrio acudían felices y contentos, pero eran tantos, que muchos se quedaban rabiosos perdidos en la calle. Julia y yo nos asomábamos al balcón, fumando y riéndonos a carcajadas para llamar su atención. A veces bailando con alguno cerca de la ventana para que nos vieran, ¡pobrecillos! No paraban de sisearnos para que le abriéramos la puerta. Y nosotras alrededor del picú, subiendo el tono de voz para que se oyera bien alto a Elvis Presley. A mí me encantaba bailar el Twist y el Charlestón.  Algunas chicas permanecían sentadas, las más timoratas, esperando que los chicos las sacaran a bailar, y ellos como siempre tan tímidos, temiendo una negativa por repuesta. No se daban cuenta de que estaban deseando. En cambio Julia y yo tomábamos la iniciativa para todo, y cuando sonaba “La bamba” nos transformábamos en dos auténticas cantantes, coreando a Ritchie Valens.
Muchas veces nos tacharon de libertinas y de chicas fáciles, sobre todo cuando nos veían bailar agarrado, oyendo a Jimmy Fontana cantar: “El mundo.” O aquella otra de Los Panchos: “Reloj no marques las horas…”  Ahí ponían los chicos unas caras que parecían que estaban empanados, vaya, una frase que se ha intercalado…
Siempre teníamos una cola para pedirnos el próximo baile. Julia bailaba con todos. Con los altos, con los bajos, hasta con los feos, y si era uno guapísimo, no lo soltaba en toda la santa tarde, arrimándose más de la cuenta, y cuando nos chocábamos bailando, me miraba haciendo gestos exagerados con las manos con los ojos y con la boca, dándome a entender que ese chico le gustaba un montón. Cuando terminaba la balada, enseguida me apartaba de todas las miradas y me decía muy bajito que le había besado en el cuello, en la oreja y casi, casi en los labios. También que se estaba enamorando y él le había pedido salir con ella. Después se tiraba toda la semana hablándome del chico, resaltando todas sus virtudes, o sea, que tenía unos ojos preciosos con una mirada subyugante, unos labios carnosos y abrasadores y una voz modulada y armoniosa. Además fumando, tenía un aspecto muy varonil. Yo era tan selectiva, que sólo bailaba con los que me gustaban. Siempre me he fijado en los chicos guapos, altos, moreno y anchos de hombros. A los bajitos los ignoraba, ¡no soportaba sacarles una cabeza! También me fijaba en su dentadura. Si tenía algún diente picado o era un dentón, ni los miraba, pero lo que peor llevaba, era que no supieran hablar bien. Por mucho que me gustara un chico, por muy guapo que fuera, si hablaba mal sufría tal desencanto, que enseguida me los quitaba de encima. ¡Cuántas veces he tenido que aguantar a un pesado! Tampoco podía soportar que le temblara la voz cuando conversaban conmigo, ni las manos cuando me daba fuego. Sentía verdadera aversión y me daba rabia ser así, pero no lo podía remediar. Otras cosas que tampoco me gustaba, era que cuando bailábamos pegados, quisiera arrimarse más de la cuenta, atrayéndome con sus manos, oyendo su entrecortada respiración junto a mi oreja, ¡uf, qué asco me daba! Continuamente tenía que despegarlos de mí y al final casi siempre me dolían los brazos de tanto como los apartaba. ¡No lo aguantaba! Sentía verdadero rechazo. Otra cosa que me desesperaba, era que tuviera cara de baboso, o sea, los ojos con mirada lasciva y esa sonrisa socarrona que tienen las hienas. Porque realmente lo que a mí me atraía, eran los hombres muy seguros de sí mismo, esos que te cogían por la cintura sin preguntar y te plantaba un besazo apasionado, lo mismo que en las películas, ¡me encantaban!

martes, 23 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- JULIA.- Capítulo tercero - Segunda parte -



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Jaime tenía veintiuno años y estaba estudiando para arquitecto. Luis diecinueve y quería ser militar como su padre. La primera vez que vi  a Jaime, me enamoré locamente de él, y estaba deseando que viniera por vacaciones para verlo. Cuando llegaba, no paraba de pasar por su lado, haciéndome la interesada para atraer su atención. Julia me decía que no me hiciera ilusiones, porque tenía una novia llamada Monserrat, a la que conocía desde que eran niños y los dos estaban muy enamorados, y que cuando terminara la carrera volvería para casarse con  ella. Que se escribían largas cartas de amor, y las que él recibía de su novia, casi todas las había leído a escondidas de él, pero que por favor no le dijera nada, por que entonces se iba a enterar. Además, yo era muy joven para su hermano, ya que me llevaba seis años, y él nunca se fijaría en mí. Estas cosas me dolían mucho, pero cuando volvía a verlo, se me olvidaba por completo, haciéndome mil ilusiones. ¡Era tan guapo!  
A mi no me dejaban teñirme el pelo, ni pintarme los labios ni los ojos. Ni que vistiera llamando la atención, ni tirantes ni escotada, y menos que enseñara las rodillas, aunque en aquella época, las faldas cada vez eran más cortas, no tanto como cuando llegó la minifalda. Mi padre decía que una chica no sólo tenía que ser decente, si no parecerlo también. Me prohibía salir con chicos que no tuviera una buena carrera, o de familia acomodada. Menos mal que mi madre era mucho más abierta en todos los aspectos, y la pobre, siempre a escondidas de él, me compraba carmín para los labios, un lápiz negro para la raya de los ojos, ¡me pintaba unos rabos larguísimos! Una cajita de colorete, un bote de colonia Joya, ¡cómo me gustaba ese olor! Me echaba muy poquita para que me durara más tiempo, después la guardaba para que mis hermanas no la cogieran.
Si no hubiera conocido a Julia, mi adolescencia habría sido de lo más aburrida, y se me hubiera escapado de las manos sin darme cuenta. A partir de entonces todo cambió para mí. Empecé a mentir cada día un poco más. Salía de casa arreglada de una manera, y cuando llegaba a la suya, me transformaba en una mujercita. Allá que íbamos las dos maquilladas y cardadas, armando tal revuelo entre los chicos, que los traíamos por el valle de la amargura, ¡lo pasábamos bomba coqueteando con ellos! A Julia le gustaban todos. Los altos, los rubios, los morenos. A mí solamente los muy, pero que muy guapos, más o menos como su hermano Jaime, ¡ése era mi tipo!
Los domingos por la tarde, cuando sus padres se iban de visita, le pedía permiso para dar una pequeña fiesta. Casi siempre iban a casa de un compañero militar. Nada más cerrar la puerta, se liaba a llamar por teléfono a las chicas del corte advirtiéndolas que se trajeran los últimos discos del momento, pero sobre todo, que avisaran a algunos chicos. Bailando y cantando pasaban las horas, y cuando mejor lo estábamos pasando, a las ocho y media, teníamos que recogerlo todo, para que sus padres no la riñeran y así dejarnos el próximo domingo. Lo mismo que abrir bien las ventanas para que no oliera a humo, que seguramente lo notarían, por que Julia me contaba que sus padres entraban haciendo unos gestos con la nariz muy delatores, y que al otro día, su madre le decía que aquello apestaba a tabaco. Julia se hacía la tonta diciéndole que solamente había fumado un chico y que se había ido al balcón, y que lo más seguro es que el aire echaba el humo hacia dentro. De ahí no pasaba la cosa.
La diferencia que había entre Julia y yo, es que sus padres sabían lo del baile y no se lo prohibían, y yo no me atrevía a decirle nada a los míos, por que decían que los chicos cuando bailaban pegados, sólo pensaban en meterte mano. Cuando yo le contaba todas estas cosas a Julia, ella me respondía que sus padres no le decían esas cosas, pero que su madre, cuando ella desarrolló, le comentó que a partir de entonces podría tener un hijo, así que tuviera cuidadito con lo que hacía. En cambio, la mía, que yo recuerde, cuando todas éramos ya mujeres, lo único que repetía bien fuerte, que la primera que viniera con una barriga, la ponía de patitas en la calle. Creo que lo decía para asustarnos. La verdad es que en casa jamás se habló de sexo, ni con ellos ni con ninguna de mis hermanas, ¡jamás!
A veces me sentía mal por tener que mentir a mis padres, bueno, realmente mi madre era un poco cómplice de mis cosas y casi estaba de acuerdo, pero me daba mucha rabia que mi padre fuera tan estricto conmigo. No es que fuera un hombre malo, no, pero era muy antiguo. Ahora que estoy en el limbo, o qué sé yo dónde estoy, lo veo de otra manera. Me doy cuenta de que le tocó vivir una época en la que la mujer dependía de qué dirán, de las habladurías. Creo que en el fondo, él también fue víctima de su tiempo. Poco después cambió, y mucho, pero yo ya no estaba allí, ni con esa edad, ni con aquellos sentimientos, aunque reconozco que hubo una época que no me porté muy bien con él, ¡qué lástima de padre mío! Más tarde, cuando lo volví a ver encorvado y con el pelo casi blanco, sentí mucha penita y me inspiró una gran ternura, ¡qué lejos estaba de aquél padre tan autoritario y dictador que yo conocí! ¡Un hueso! Repetía mamá constantemente. En aquellos momentos ya no era así, y ahora, en éste vagar por el limbo, siento mucho haberme portado tan mal aquél día que le hablé duramente. Aquél día que le grité. Aquél día que dí un portazo en la puerta. Dile que lo siento de corazón, y lo espero con los brazos abiertos para darle todos esos besos que entonces le negué. Claro, que ahora que lo pienso, ya no necesito que tú le digas nada, pues sé que ya ha llegado, lo que ocurre es que aún no lo he encontrado, y no sé por qué. Debe ser que aún me queda aliento…
Esa rebeldía que yo sentía en aquellos años de loca juventud, ahora, en éste plácido sueño de dulce armonía, llega a mi mente las veces que me sonaba los mocos con sumo cuidado. Cuando me ataba los cordones de los zapatos y cuando me llevaba de la mano para oír misa. Cuando me daba dinero para ir al cine todos los domingos. Cuando me compró mis primeros patines, y lo más importante es que a los diez años, me regaló un reloj de pulsera, que lo mismo que entonces, ha llenado éste momento de alegría y de paz...
También ayudaba mucho a mi madre en hacer la cena, en bañar a los pequeños, y todos los domingos, después de misa, traía una enorme rueda de churros que migaba con café.
Más tarde, me dio permiso para ir todos los domingos con mi amiga Julia a bailar a casa de la primera que compró un toca disco, ¡que nos vamos de guateque!




lunes, 22 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- JULIA - Capítulo Tercero.- primera parte.-



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Julia llegó a mi vida cuando más necesitaba de una amiga de verdad. Más que amigas, éramos confidentes, por eso fuimos inseparables. Cuando ella no podía venir a mi casa iba yo a la suya. Me enseñó todos los trucos que una señorita tendría que saber para pescar un buen marido. En mi época, lo más importante para una mujer, era casarse y bien. Las horas se nos pasaban volando pintándonos las uñas de las manos y de los pies. También me enseñó a cardarme el pelo para sacar más partido a mi melena, ya que lo tenía precioso y tan negro como el azabache. Ella siempre lo llevaba recogido en un moño hacia arriba y algo despeluchado que la hacía de lo más elegante, ¡parecía una artista de cine! Pero sobre todo y muy importante como solía decir, me enseñó a caminar con elegancia. Cada tarde me colocaba un par de libros bien gordos en lo alto de la cabeza y me hacía andar a lo largo de su pasillo, derecha como una vela, sin que se me cayera. Continuamente repetía que a los hombres les atraía mucho que una mujer caminara con garbo y se contoneara sinuosamente, ¡qué risa pasábamos las dos! Me encantaba mi amiga Julia, ¡cómo me hablaba! Con qué picardía decía las cosas. Sobre todo, cuando hablaba de sexo, pues yo entonces era muy vergonzosa, y ni siquiera me atrevía a nombrar esa palabra, y casi siempre bajaba la vista sonrojándome. Entonces ella se reía, diciéndome que el sexo era una cosa de lo más natural del mundo, y que estaba loquita por llegar hasta el final con un chico por que hasta ese momento tan sólo se había dejado tocar el pecho. Llegado a este punto, me ponía más colorada que un tomate, era demasiado recatada y tímida. Después ponía el tocadiscos y se liaba a bailar y a cantar, arrastrándome a que hiciera lo mismo. Una de esas tardes que estábamos solas las dos, nos tomamos unas copitas de anís, luego otra de coñac y cogimos una borrachera tan grande que nos dio por reírnos a carcajadas. Luego me ofreció un cigarrillo que le había cogido a su padre y me enseñó a fumar. Empecé a toser convulsivamente y casi me ahogo. Después seguí fumando a escondidas de mi padre, y nunca, nunca lo hice delante de él, aunque ya era bien mayorcita, e independiente. Cuando me di cuenta de la hora, estaba que no podía ni andar. Julia me echó agua sobre la cara para que se me pasara el mareo, y me dijo que me esperara un poco hasta que se me pasara. Yo estaba muy asustada por que mi padre era muy estricto con la hora. Cuando llegué a casa, mi padre me estaba esperando tras la puerta, y me dio tal bofetón que estuve toda la noche llorando. Al otro día me levanté con un dolor de cabeza, que jamás olvidaré. Estuve encerrada una semana sin poder salir, hasta que me levantaron el castigo. De todas maneras, aquellos ratos junto a mi amiga Julia, fueron los más felices de mi vida, los más alegres y los más locos, y qué lástima que sólo duraran tres años, por que cuando ascendieron a su padre, otra vez se fueron a vivir a su Barcelona natal. Me quedé más sola que la una y triste, muy triste...
Julia era guapa, dulce, amable y simpática. Julia era alegre y risueña y además tenía un desparpajo hablando que dejaba a todos los chicos boquiabiertos, y con ese acento tan finolis, más todavía. Julia se teñía el pelo cuando le daba la gana y de los colores más provocativos. Lo mismo lo llevaba rubio, que pelirrojo, pero el que mejor le sentaba, era el color caoba. Julia se echaba polvos de Madera de Oriente en la cara, colorete en los pómulos y se pintaba los labios con un carmín rojo precioso, pero lo que más le gustaba era pintarse los ojos con lápiz azul muy fuerte y echarse rimel en las pestañas que las tenía largas y rizadas. También que no me faltara nunca Abéñula por que según ella, daba una mirada luminosa y brillante, y para que crecieran más las pestañas. ¡Qué lista!
Julia era tan alta como yo y delgada, con unas piernas de escándalo. Siempre vestía a la última moda, con faldas de tubo estrecha, pantalones ceñidos, vestidos escotados o con tirantes, además usaba cinturones que le hacía un figura preciosa, ¡mi hermano el mayor estaba loquito por ella! Muchas veces me decía que le hubiera gustado cogerle la cintura con las dos manos.
A Julia, sus padres le daban libertad para todo. Eran muy modernos y no le prohibían casi nada, incluso ponerse tacones de aguja. Lo único que Julia hacía a escondidas, era fumar.
Sólo lo sabían sus dos hermanos, Jaime y Luis.

sábado, 20 de abril de 2013

A TRAVÉS DE TI.- TARDES DE COSTURA.- Segunda Parte.-




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Para mí fue uno de los veranos más felices de mi vida. Cosiendo y riendo, todas en corrillo, contando chistes verdes de la época, cotilleando de fulanita y menganita. Lo mismo se hablaba de moda que del novio de la vecina, o que a la hija del teniente no sé quién, se tenía que casar rápido y corriendo para que no se le notara la barriga que le habían hecho. Según mi madre, había tenido un desliz. Allí, en los pabellones militares, todos los vecinos se conocían, y además se sabía qué sueldo tenía cada uno de ellos, así que si alguien se destacaba, ya se hacían cábalas, preguntándose de dónde, cómo y cuando. Al final todo el barrio sabía que al que le sobraba el dinero era por que había hecho cocina, cosa muy usual entre los mismos militares, sobre todo, el que estaba encargado del economato. A más de uno que pillaron con las manos en la masa, lo destinaron urgentemente a otro punto de España, y aunque todos los vecinos sabían el por qué, allí no se decía nada.
Los militares eran unos privilegiados en todos los aspectos. Tenían asistencia médica gratuita en el hospital militar. No pagaban piso. Mis padres jamás pagaron un pintor. Todos los años llegaban dos soldados y pintaban la casa de arriba abajo. Tampoco los gastos de mudanzas, que fueron muchos. También se ahorraba el peluquero y los médicos que venían a casa en caso de urgencia. En la playa tenían casetas donde sólo entraban los militares, que las había de oficiales y suboficiales. Es por eso que había muchas distinciones de clases sociales. De niña no lo notaba, pero a medida que crecía, sentía en mis propias carnes, cómo me miraban las hijas de los capitanes, comandantes y coroneles, sobre todo las señoras de ellos que se daban unos aires… Mirando a las que sus maridos no tenían estrellas que los distinguieran, por encima del hombro. En fin, eso era lo normal. Lo mismo que entre las esposas, se sabía, quién era maltratada por su marido, pero eso era un secreto a voces, y ahí nadie decía ni una palabra. Casi siempre era por culpa de la bebida. Hubo un tiempo, en que los militares tenían muy mala fama de borrachos. Más o menos como los cotilleos de algunos programas televisivos de hoy en día, pero en plan casero. Lo único que ahora la mujer maltratada sale en la pantalla con todas sus marcas al aire, y entonces, en aquella época, las pobres se quedaban en casa escondida hasta que desaparecían. Más de una vez en el rellano de la escalera de mi casa, podía oír los chismorreos de las vecinas, que a fulanita de tal, el marido, la había pillado con el asistente de turno en la cama y la había molido a palos.
El asistente de turno, era el recluta que le llevaba el pan todos los días del cuartel, que no le costaba un duro, la acompañaba a la plaza del mercado para cargar con el pesado cesto, y de paso se había dejado embaucar por la señora del sargento. De todas maneras, no era necesario que el marido de los cojones fuera un cornudo, si no que era un juerguista, borracho, mujeriego que tenía una mala leche que le salía por las orejas y punto. El caso, es que casi siempre era la mujer la que salía perdiendo, y que yo sepa, en la vida, ¿cuántos hombres son apaleados por sus señoras esposas? Tan sólo se dio un caso en toda Ceuta, que yo recuerde, y el pobre hombre, era el hazmerreír de toda la vecindad. Incluso en épocas modernas, salió uno en la tele, y al otro día, fue el chistoso comentario matutino en cafeterías, supermercados y demás sitios donde hubiera más de dos personas, como si fuera algo insólito y espectacular.
Lo que más nos gustaba era escuchar la radio, sobre todo la novela del momento, que por mucho que quiera recordar, es imposible, pues han pasado tantos años ya… Entonces, la radio era la única distracción, y me encantaban las coplas de Conchita Piquer, que hablaban de amores. Mis compañeras y yo tarareábamos sin parar, con una sonrisa cómplice que nos iluminaba la cara… Y tantas y tantas otras que sería imposible enumerar, pero que en éste momento tan precario para mí, alegran el poco aliento que me queda… Enrique Montoya, Antonio Machín, Luis Mariano, Carlos Gardel, Estrellita Castro, Manolo Caracol, Lola flores, Antonio Molina...
Mientras cosía, me dejaba llevar por sus letras, que imaginaba escritas para mí, y que, como tenía buen oído, tarareaba con emoción, mientras las demás callaban para oírme. Después me aplaudían sonriendo y me decían que debería estudiar canto, cosa con la que me quedé toda la vida con las ganas, y que me ha frustrado siempre. ¡Cuánto me hubiera gustado cantar en cines y teatros! Que yo recuerde, mi vida ha sido siempre una frustración, tras otra. Nunca he tomado decisiones para nada que me supusiera un gran sacrificio, y las veces que he cambiado de aires, ha sido siempre a costa de otras personas. Durante mucho tiempo he sido un parásito. He sido una cobarde toda mi vida. He tenido miedo a todo lo desconocido, y ahora en el estado en el cual me hallo, he llegado a comprender que he sido la tonta más tonta del mundo, puesto que al fin, hagas lo que hagas en la vida, cuando una desaparece, los hechos también, y nadie se acuerda de si fuiste buena o mala mujer. Tan sólo queda el recuerdo de los que te quisieron bien. Pero ya es demasiado tarde para mí y la pena que tengo es que no puedo rectificar. Es por eso que me gustaría que a través de ti,  pueda redimirme para quedarme a gusto y contenta. No quiero la gloria, sólo un poco de piedad hacia mi forma de ser, ya que por culpa de esta cobardía mía, mi existencia ha sido un auténtico desastre. Seguro, seguro que alguien lo tendrá en cuenta. De todas maneras, mi vida seguía y cada tarde acudía a mis clases de costura, donde pasé los mejores años de mi inocente juventud…
Una lluviosa tarde de invierno, llegó una alumna nueva y se sentó a mi lado. Tenía el acento catalán, y acababa de llegar de Barcelona. A su padre lo habían destinado a Ceuta. Enseguida congeniamos. Me contó en menos de una hora todas sus aventuras y desventuras. Que tenía dos hermanos mayores que la protegían de todos los moscones. Que su madre era maestra de escuela cuando era jovencita, pero desde que se casó dejó de ejercer, a causa de los diferentes destinos de España, y con los tres, no podía seguir en un pueblecito recóndito que no se ve ni en el mapa. También me dijo que era una mujer muy culta que siempre estaba leyendo, que se llevaban muy bien, y más que madre e hija, parecían hermanas, tanto físicamente como por la relación que tenían, por que según ella, se había criado entre cinco varones y se había quedado con las ganas de tener una hermana para compartir su ropa y confidencias. Que estaba enamorada de la vida, de Paúl Newman, de Alain Delon y que a Jean-Paul Belmondo lo encontraba irresistiblemente atractivo. Que nunca había tenido novio, pero que estaba deseando de tener uno sólo para besarse con él. Me dijo que acababa de cumplir los dieciséis años, uno más que yo. Se llamaba Julia y a partir de entonces, nos hicimos inseparables.
   


A TRAVÉS DE TI.- TARDES DE COSTURA.- Capítulo Segundo.- Primera Parte




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Al principio me aburrían las clases muchísimo, pero poco a poco empezó a gustarme tanto, que esperaba que llegaran las tardes de costura con auténtica ansiedad. Ya había cumplido los quince años y cada vez estaba más guapa. Seguía estando muy solicitadas por los hijos de los oficiales, y como ya dije, mis padres estaban encantados. Mi madre, la pobre, aunque no podía mucho, siempre ahorraba unas pesetas para comprarme telas en el Zoco, donde la mayoría de los comerciantes eran musulmanes, y vendían unas telas preciosas y más baratas que las tiendas del centro. Más tarde, por mediación de un amigo de mi padre, me llevó a una tienda de tejidos donde el dueño era sastre, y su especialidad era la de hacer trajes para militares, y entre él y su hermana pusieron la tienda que por entonces vendían una barbaridad, y siempre había gente comprando. Mi padre y él hicieron buenas migas, y como mi madre no se cortaba ni un pelo, le dijo que si le podía fiar, y a lo tonto, a lo tonto, ya tenía costura para rato, incluso les hice a mis hermanas pequeñas un par de faldas. Me confeccioné unos vestidos preciosos que copiaba de un figurín, una revista que entonces la tenía todos las modistas de mi tierra. Mi madre estaba encantada. Ella siempre estuvo convencida de que una jovencita tenía que ir bien arreglada para hacer una buena boda. ¡Pobrecita, qué ilusión tenía por mí!
Yo seguía aprendiendo a coser en la academia de Corte y Confección, y, como dije antes, no es que fuera una academia en toda regla, no, si no que una vecina del mismo bloque sabía muy bien coser y cortar, y no sé si tenía el título o no, el caso es que sus padres le compraron una máquina Alfa, y allá que fuimos todas las mocitas a coser pasando las tardes entre agujas y dedales, con las tijeras siempre a mano. Otra cosa que aprendí, fue a bordar a máquina y en bastidor y le hice a mi madre un mantel para doce cubiertos con ¡doce interminables servilletas! Me tiré más de dos años en acabarlas, siguiéndoles después unos preciosos velos de tul negro, que mis dos hermanas menores se colocaban sobre la cabeza para oír misa, ¡qué contentas iban las dos! A mi madre le bordé uno que caía sobre sus hombros, y ella sujetaba con un alfiler que tenía una perla en forma de lágrima… ¡Con qué orgullo entraba a la iglesia…!
En aquella época todas las señoritas finas y educadas tenían que saber coser y bordar, hasta zurcir calcetines con un huevo de madera dentro, ¡qué horror! En casa practicaba con uno de verdad, y a veces lo cascaba, llenándome los dedos de clara y yema.
Mis tardes de costura eran muy rutinarias, apenas prestaba oído a las conversaciones de las demás chicas aunque a veces nos reíamos mucho cuando doña Teresa, la madre de la señorita Mercedes se sentaba a contar historias pasadas…
…¡Risas y más risas!
…Y una tuna muy tunanta empezó a caminar por ahí. Era la querida del excelentísimo señor don…
…Tenía muy buena educación, gente muy fina de alta alcurnia, todo recto y buen cristiano, si señora, no se vaya a pensar que estamos hablando de cualquiera, no, no se equivoque. Su esposa, una santa, que oía misa todos los domingos, callada y muy piadosa, llevando su pena con resignación, ¡Dios la tenga en su gloria!
Mientras la escuchaba, no paraba de preguntarme del porqué sería tan tonta esa mujer, y pensaba que si fuera yo lo habría puesto de patitas en la calle…
…Éste señor tan fino y educado tenía una querida y casi todo el mundo lo sabía. Era una rubia platino con un tipazo y unas piernas de escándalo. La gente decía que era teñido su pelo y que movía las caderas con un movimiento de lo más provocativo. Llevaba la ropa ceñida y se le señalaba todo, todo…
Cuando doña Teresa repetía todo, todo, abría mucho los ojos y bajaba la voz para que no se enteraran no sé quién porque allí estábamos más callada que en misa con las orejas puestas, sin rechistar, vamos. Nosotras nos mirábamos con las manos tapándonos la sonrisa, y una que estaba al final comentó: ¡menuda fulanota!
Doña Teresa seguía con su cháchara dale que te pego…
…Además, la gente murmuraba que se ponía el sostén que le hacía el pecho de punta, punta para llamar la atención, y unos zapatos de tacón fino, fino y alto, alto, y pím, póm, pím, póm… Moviendo el culo para un lado y para otro de una manera descarada… Yo la conocía y tengo que reconocer que era la mujer más guapa de la ciudad, y cuando salía, los hombres volvían la mirada hasta que se perdía al final de la calle…
…Además cuando paseaba por la plaza, daba vueltas y más vueltas para que la viera su querido que iba del brazo de su esposa, y cuando se cruzaban se hacían guiños y un montón de besos se enviaban con disimulo…
Desde luego que las cosas que se comentaba en el cuarto de costura…
…¡Si hasta le hizo un crío! Y una tarde se presentó en su casa, ¡qué vergüenza! Con toda la barrigota, ¡preñada perdida! Y el muy asqueroso la puso de criada, ¡en su propia casa!
¡Pobre señora Asunción! Lo que tuvo que sufrir. Estuvo sirviendo toda la vida, y la esposa murió de pena, sin lágrimas en los ojos, sequita, sequita…
Cuando llegaba aquí, se iba a la cocina para tomarse una tacita de café, mientras  seguíamos comentando: ¡Es una lagartona de cuidado! ¡Una pelandusca! ¡Pilingui!
¡Qué risa y qué divertida era doña Teresa! Siempre contando chismes de otras épocas.
Se me pasaban las horas volando. Aprendí a cortar y a bordar tan bien, que después al cabo de los años me vino de perla, ya que me hacía todos los vestidos y faldas, incluso hasta me atreví con blusas y con un traje de chaqueta, ¡ahorraba una barbaridad de dinero! A mi madre le hice un vestido de fiesta de fin de año que le quedaba precioso, ¡con qué orgullo se miraba en el espejo! Cuando las vecinas la vieron llegar al casino militar, se quedaron boquiabiertas. Mi padre, como siempre, embelesado perdido, pues aunque estaba un poco gordita, a causa de los embarazos tan seguidos, se lo corté de manera que le disimulaba todas sus redondeces.